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12 de marzo de 2008

El conflicto vasco: una asignatura pendiente


Por Federico Borrás (*)
Especial para UNO (Paraná-Argentina)

La llamada electoral para elegir a las autoridades que gobernarán España en los próximos cuatro años encuentra al pueblo vasco sumido en momentos difíciles, pero con la esperanza de poder encontrar la necesaria voluntad de dar una solución dialogada al conflicto que desde hace siglos enfrenta a este pequeño pueblo con los estados francés y español.
Un conflicto de naturaleza política, cuya manifestación violenta más visible es el accionar de Euskadi Ta Askatasuna (ETA), que el viernes asesinó a Isaías Carrasco, ex concejal socialista de la localidad de Arrasate-Mondragón, la ciudad vasca cuna del mayor ejemplo mundial del desarrollo cooperativo.
La sociedad vasca viene rechazando en los últimos años en forma mayoritaria cada atentado de ETA. De allí que la desaparición de esa organización sea un factor muy positivo desde el punto de vista de la paz y el respeto a los derechos humanos, pero la resolución del conflicto requiere una negociación política, en la que el derecho de decisión de la sociedad vasca sea respetado y no impuesto desde Madrid, sea por parte de Zapatero o Rajoy. Desde un punto de vista estrictamente numérico, la incidencia de los partidos vascos en el conjunto de la elección estatal de este domingo es -a priori- insignificante (menos de 3 millones de personas en un Estado que reúne a 45 millones de habitantes).
Sin embargo, los partidos nacionalistas catalán y vasco pueden llegara a tener -y de hecho lo han tenido ya en el pasado reciente- un poder real en caso de una elección reñida, en la que ninguno de los dos partidos españoles que acaparan la mayor concentración de votos (PSOE y PP), alcance la mayoría absoluta en el Parlamento y se vea en la necesidad de contar con apoyos para formar gobierno.
Pero fuera de las coyunturas electorales, tal vez la mayor expectativa para los vascos pase por saber con qué gobierno tendrá que negociar en los próximos años.
El presidente del Gobierno Vasco, Juan José Ibarretxe, presentó el pasado año su llamada su "hoja de ruta", una oferta al presidente del Gobierno español para alcanzar un pacto político entre Euskadi y España sobre dos principios: "el primero, el principio ético de rechazo a la violencia, y el compromiso de la sociedad vasca con las vías única y exclusivamente políticas y democráticas". El segundo sería "el principio democrático de respeto a la voluntad de la sociedad vasca, y el compromiso de incorporar este reconocimiento y su ejercicio en el ordenamiento jurídico".
Haya o no acuerdo, el lehendakari (presidente autónomo) anunció que pedirá al parlamento vasco la convocatoria a una consulta popular para el próximo 25 de octubre, del que saldría un "mandato imperativo" en términos políticos para abrir un proceso de diálogo.
El mensaje popular estaría dirigido, por un lado, al Gobierno español y a ETA, para que inicien un proceso de diálogo con el objetivo de lograr el fin definitivo de la violencia. Pero también a las fuerzas políticas vascas, "sin exclusiones", para que iniciaran un proceso de negociación "con el objetivo de alcanzar un acuerdo de normalización política sobre el ejercicio del derecho a decidir del pueblo vasco y sobre el marco de relaciones que deseamos mantener, internas y externas". Todo este proceso llevaría a un segundo referéndum resolutivo en el segundo semestre de 2010.
En el desarrollo de la campaña electoral ha estado muy presente -como reproche arrojadizo entre los candidatos" la cuestión de la "negociación o no con ETA". Pese a los discursos aparente intransigentes de la clase política española, la realidad es que tanto Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero han negociado con ETA durante sus gobiernos. Y no está mal que en el futuro quien ocupe el sillón principal de La Moncloa lo haga, si con ello se gana una oportunidad para la paz, dejando atrás décadas de muerte y dolor.
Experiencias como la del IRA con el gobierno inglés en Irlanda de Norte, demuestran que cuando hay voluntad, hasta las más irreconciliables posiciones pueden acercarse en pos de un objetivo superior: la paz.
Está claro que ETA no puede negociar nada en términos políticos, porque no representa la voluntad del pueblo vasco. Son los partidos y las instituciones vascas las que deberán protagonizar ese debate. Si ETA desapareciera en este mismo instante, el conflicto político vasco continuaría, porque es preexistente a ETA y subsistirá a su desaparición, de no encontrarse la formula que respete la decisión un pueblo ya mayor de edad para tomar sus decisiones por sí mismo, por ser una de las culturas más antiguas del mundo.

(*)Abogado y periodista. Presidente de la Asociación Vasca Urrundik de Paraná.

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